Recuerdo claramente ese día, despertar y saber que mi rumbo cambió completamente sin ticket de regreso, sin vuelta atrás. Todo ese último mes había sido agotador, desarmar 14 años en 30 días era una meta enorme y absolutamente desgastante. No puedo quejarme recibí mucha ayuda, así como también muchos consejos. Sin embargo mis oídos estaban cerrados, había una sóla voz que escuchaba y no era precisamente la mía. Viendo las cosas en perspectiva puedo darme cuenta de mi primer error, convertí a un hombre en mi fe. Sí, en mi fe, pues era él en quien yo creía y era por él quien yo dejaba todo ciegamente, sin pruebas, sin referencias, sin lógica, pura y absolutamente fe.
Esa mañana partimos con mi familia rumbo al aeropuerto. Recuerdo cuando subí al avión, era mi primer vuelo hacia el sur y no hacia el norte. Todo el viaje lo pasé pegada a la ventanilla, ví islas, volcanes, hielos eternos, admiré la blancura interminable de esos parajes y luego todo se nubló hasta que se anunció el aterrizaje. De pronto el avión comenzó a moverse bruscamente, luego ví el mar, y luego un gran espacio seco, tierra desnuda, dañada se abria ante mis ojos... ¡que desolación!. Inevitablemente se vinieron a mi cabeza aquellos versos de Gabriela Mistral que fueron inspirados por estas mismas, desoladas y quemadas tierras.
El avión aterrizó moviendose bastante. Podía darme cuenta del viento que corría allá fuera. Bajé a buscar mi maleta. Temblaba como una hoja, muchos sentimientos se agolpaban en mi estómago y fluian por mis manos temblorosas. Esperaba mi maleta cuando lo ví acercarse. Me abrazó y sentí la seguridad de estar en casa, en sus brazos protectores que prometieron que nunca jamás me abandonarían.

